Les cuento cómo nace: imagínense un espermatozoide que circula a toda velocidad por el canal vaginal, que llega al útero y se encuentra un ondulante y enorme huevo esperando que aquel corajudo renacuajo la penetre. Si el esperma que desarrolló esta galopada lleva el cromosoma X, el huevo fertilizado formará una niña. Después, en treinta y ocho semanas, veremos que esa niña crece y de ser un grupito de células pasar a ser un bebé de unos tres kilos y medio. Pero la mayor parte del desarrollo cerebral que determina los circuitos particulares de su sexo ocurre durante las primeras dieciocho semanas de gestación. Veamos: hasta las ocho semanas todo cerebro fetal parece femenino. Pero en la octava puede registrar un enorme flujo de testosterona que convertiría el cerebro «unisex» en masculino, destruyendo algunas células en los centros de comunicación y haciendo crecer otras en los centros sexuales y de acometida. Si no se produce la llegada de la testosterona, el cerebro femenino continúa creciendo sin turbulencia, desarrollando más conexiones en las aéreas de la comunicación y la emoción. Esta futura niña será diferente a su hermano, será más habladora, tendrá más memoria emocional, evitará el conflicto, su capacidad de observación será grande… Precisamente la primera cosa que el cerebro femenino lleva a hacer a una recién nacida es estudiar los rostros. Cuando vean bebés por la calle, busquen su mirada, si el bebé le observa detenidamente, será una cría. Las niñas se interpretan a sí mismas a través del gesto de los demás. Es una especie de instinto social que le dice: si consigo que cambie la expresión del otro, el otro me querrá. Las hormonas pueden conformar la realidad de una mujer.
Supongo que haciendo la cuenta, el gasto farmacéutico es insoportable. Un jubilado, otro de tantos, que abusa de las recetas. Es otra de las ideas que se ha establecido en esta sociedad donde se buscan culpables a cada paso. Ahora que les hemos subido el precio, ya verán, se lo van a pensar antes de ir acaparando medicinas, dicen. Estamos en un momento donde todos somos sospechosos. Los indefinidos, los jubilados, los funcionarios, los que suspenden alguna asignatura. Existe la sensación de que nos merecemos que nos aprieten las tuercas. No es que sea necesario, no es que no quede otra. Dicen que nos lo hemos ganado.
Tiene cura. Cuesta creerlo, pero una enfermedad crónica como la hepatitis C, que afecta a 180 millones de individuos en el mundo (unos 800.000 están en España) y ante la que estábamos habituados a escuchar un «se puede controlar», tiene fin. Los expertos lo afirman con contundencia. «Es un hito el curar una enfermedad crónica como ésta», dicen. Y todo gracias a la triple terapia disponible en España desde hace apenas unos meses (noviembre de 2011). Porque, si hasta ahora los afectados tenían alrededor de un 40 por ciento de éxito, con las nuevas técnicas se habla de más de un 75 por ciento de casos curables. Un hito que no ha escapado de las garras de la polémica. Porque ya hay pacientes que aseguran que no se les está facilitando esta terapia por cuestiones económicas. Conviene aclarar que este nuevo tratamiento –inhibidores de la proteasa telaprevir o boceprevir, sumado al clásico interferón alfa pegilado y ribavirina– sólo es apto para pacientes con genotipo 1, su administración es hospitalaria (bajo previa autorización de un grupo de expertos) y la decisión final de quién es o no candidato a recibirla es competencia exclusiva de la Consejería de Sanidad de cada comunidad autónoma. Y hay 17, en las que se hace y deshace según les parece. Triste, muy triste.
En contra de las ilusiones que se hacían muchos de los desnortados optimistas antropológicos que pululan por el sector, la Sanidad no va a salir bien parada del ajuste que prepara el Gobierno con el fin de cuadrar las descabaladas cuentas públicas. La confirmación por parte de Mariano Rajoy de que serán necesarios 40.000 millones adicionales este año para rellenar el gigantesco agujero legado por el PSOE ha sentado como un jarro de agua fría en los cuarteles generales de los principales representantes sanitarios, que confiaban en salir indemnes de la quema. En principio, el proyecto de medicamentazo que empezó a fraguar el PP nada más desembarcar en Moncloa sigue para adelante, y será más ambicioso de lo que se esperaba inicialmente. Los ideólogos sanitarios del partido creen desde hace meses que el mercado farmacéutico español se encuentra sobredimensionado y que conviene excluir de la financiación fármacos de escaso precio y relativo peso terapéutico. Creen además que una medida de este tipo sería la menos lesiva para la industria innovadora y que permitiría a las arcas públicas obtener a corto plazo una inyección extra de ahorro. Además, políticamente resulta poco cuestionable: como ya hay dos antecedentes de algo similar en España, uno con el PSOE y otro con el PP, sostienen que la crítica de la oposición llegaría a ser considerada demagógica por la sociedad. En contra de una iniciativa de este tipo se encuentra el efecto sustitución: como demostraron los medicamentazos anteriores, los médicos tienden con el paso de los meses a sustituir los fármacos excluidos por otros similares y más modernos que permanecen en el mercado, pero de mayor precio, lo que aumenta el gasto. En cualquier caso, ésta no será la única medida de ahorro en farmacia. Ya verán.
Los seres humanos no podemos vivir atrapados en el dolor de una pérdida, porque el alma se congela y no nos quedan lágrimas para llorar. El dolor se hace familiar, y la alegría no regresa a nuestras ventanas. Por eso, psicológicamente es sano dejar el pasado atrás, como si de una liberación se tratase. Las heridas emocionales deben curarse y cerrarse para que podamos avanzar con nuestras vidas. El duelo por la pérdida de un ser querido conlleva un dolor que necesita un bálsamo especial para curarse compuesto de compasión, paciencia, mucho amor, consuelo, comprensión y apoyo emocional de quienes nos aman. Existen lazos espirituales –invisibles al ojo humano- que nos unen, por eso cuando una relación se rompe o perdemos a alguien nos duele literalmente el alma. El amor teje hilos que nos entrelazan. Los padres de Marta del Castillo, y los de todas las Martas del mundo, necesitan paz para su corazón. Necesitan enfrentarse y aceptar el vacío de la presencia física de su hija para poder empezar a tejer la relación espiritual con su memoria. Las personas no morimos nunca mientras haya alguien en cuyo corazón siga residiendo la memoria de nuestra sonrisa. Espero que algún día los ángeles dejen de llorar, y esos padres encuentren el bálsamo que calme sus doloridos corazones. Los que creemos que existe vida después de la vida, sabemos que hay un lugar más allá de los sueños donde nos encontraremos con las personas que amamos en este mundo físico. La memoria del amor no se borra porque el alma no muere jamás.
No sé a quién se le habrá ocurrido esta moda de volver hacia atrás en el tiempo con la hipócrita excusa de sentirse más naturistas y, como dicen ellos, en paz consigo mismo y en equilibrio con la naturaleza. De un tiempo a esta parte hemos visto cómo muchas mujeres prefieren dar a luz en casa, incluso nos lo vendieron en un anuncio como si fuera el súmmum un de la felicidad y la corrección maternal, como si utilizar los servicios sanitarios que tenemos la suerte de disfrutar en el primer mundo fuera una estupidez. Con idéntico razonamiento, muchos padres deciden no vacunar a sus hijos por considerar que las enfermedades hay que pasarlas sin vacunarse, a pelo, sufriendo como antiguamente. Olvidan que antiguamente no había otro remedio y que la ciencia no había puesto coto a las enfermedades y a la mortandad. Son los mismos que suelen decir que la mujer debe parir con dolor como se ha hecho toda la vida. Hay que ser burros, perdónenme, para poner en riesgo la salud, no ya de uno mismo, sino la de sus hijos. Sería interesante saber qué piensan de esta moda absurda, egocéntrica y, como toda moda pasajera, los padres que por vivir en el tercer mundo no pueden vacunar a sus hijos y ven cómo muchos de ellos mueren. Que le hablen a ellos de naturaleza y de estilos de vida. Así se escribe la historia: dando pañuelos a quien no tiene mocos.
Su biografía se publicó en 1986. Gracias a ella, el mundo supo que existía vida dentro de la cabeza de un autista, así como sentimientos. A los tres años los médicos dijeron que tenía «daños cerebrales». Su madre, un modelo de rebeldía, coraje, fuerza y determinación, aderezado por un amor infinito por su hija, se negó a aceptar la «sentencia». La llevó a escuelas «normales» desoyendo los «consejos» de los «entendidos», que no entendían nada de autismo, hasta que Temple les contó cómo era su mundo interior. Ella es un ejemplo de una de las máximas de la PNL (Programación Neurolingüística): «Todo es verdadero en alguna persona, y todo es falso en otra». Yo abogo por la rebeldía, como la madre de Temple. Animo a la gente a no resignarse. Debemos luchar, pues el que lucha se da la posibilidad de alcanzar sus sueños y crear milagros, además de darle en las narices a los agoreros y trazar la línea de su destino como le dé la real gana, que para eso es suyo. Temple tiene un doctorado. Su genialidad pudo mostrarse gracias a esa madre que le enseñó a creer en ella misma, a no rendirse, y, al apoyo de otras almas libres, como un profesor suyo, que supo darse cuenta de lo especial que ella era. Su célebre «máquina de abrazos» se usa para ayudar a otros niños autistas. Todos, autistas o no, incluidos los animales, tenemos alguna vez dificultades para expresar nuestras emociones. Nada mejor que el amor para saber lo que un hijo necesita.
Cada diciembre me pasan revista general y me someto, entre el temor y la esperanza, a toda clase de humillaciones: compro en la farmacia el tarrito para el pis, me expongo a un tacto rectal rutinario, sí, pero tacto rectal, me convierte mi doctor en una especie de marciano lleno de ventosas pegadas al cuerpo mientras algo parecido a un MP-3 guarda cada latido de mi corazón… y lo peor de todo: me someten a un test de esfuerzo que consiste en eso, en forzar ese músculo supremo e independiente que es el corazón hasta extremos verdaderamente insospechados. Uno ve hacer estas cosas a los jugadores de fútbol (el test, no el tacto) y da gloria contemplarles. Pero claro, llegas tú (en ayunas para más guasa) y la cinta empieza a rodar y cuando aún no ha pasado un minuto, ya insinúas que casi mejor dejarlo; a los dos minutos la cinta ha pillado una velocidad desconocida para un tipo que como yo prefiere perder el Ave antes que perder la credibilidad corriendo por un andén. Pides que por favor se pare; pero no sólo no se para sino que se pone ¡cuesta arriba! mientras te anima tu doctor diciendo que aún no has llegado al mínimo necesario para que la prueba sea válida. Suplicas, te arrastras, preguntas con un hilo de voz si ya te va a dar el infarto, juras por tu madre que no puedes más y cuando ya sostienes el corazón con los dientes, la cosa se ralentiza hasta pararse. Bendita medicina: lo que hay que sufrir para que te digan que aún vas a seguir un rato vivo… aunque nada nunca es seguro.