Gracias a la generosidad de un amigo, quien me enseñó a dar mis primeros pasos en la radio, asistí en Albacete a una nueva ceremonia de la Iglesia Neotomista de los Últimos Días. Ojo, no confundir con los Tomistas. Los segundos acuden a las plazas desde siempre para ver torear a José Tomás; los primeros se prodigan en los tendidos desde su vuelta a los ruedos para intentar presumir de haber visto un triunfo no televisado y el deseo oculto de contar por los bares que ellos estuvieron allí el día en que José Tomás fue lanzado al aire por un toro colorao y  aterrizó en la enfermería tras dos tirabuzones y un mortal carpado. En cualquier caso, con forasteros o no, las plazas de toros siguen siendo un reflejo casi exacto del sitio en el que vivimos, un terrario social con microcosmos. En los tendidos bajos de sombra alternan las autoridades merendando ibéricos tras el tercer toro; más arriba cuchichean las clases acomodadas, en privado y sin querer codearse con las contrabarreras. Según se sube hacia las andanadas y se gira hacia los tendidos de sol, el panorama va cambiando hasta llegar a las ruidosas zonas donde se agolpan los que más ganas de juerga y menos ganas de figurar tienen; algo así como lo que pasa en la calle, en la playa y hasta en el Congreso. El ejercicio se complica cuando uno ve que coexisten un señor que busca matar un toro con una espada vestido de traje decimonónico y un público que habla con sus amigos a través de sofisticados teléfonos móviles de pantalla táctil. Otra metáfora de este país en el que conviven infraestructuras del primer mundo y modales del tercero, futuristas trenes de alta velocidad y plazas con olor a orín tras el botellón de feria, mugre digna de la época del motín de Esquilache. Eso sí, al final hay cosas que no cambian: los que no sabemos aprendemos de los que saben y éstos, a veces, encima nos invitan a los toros.