Malos aires soplan para Cataluña empeñada en mantener un arcaico sistema dirigido bajo la batuta analfabeta de mentes dañadas por el rencor y el odio, quienes con su férrea dictadura han sembrado gravísimas fisuras en esa sociedad. La que siempre fue un modelo que sabía adelantarse a los tiempos para volar muy por encima del resto de España hoy, cada mañana, se despierta oprimida por unos políticos que la ha hecho descarrilar del tren de la modernidad en el que siempre viajaron. Ahora, de nuevo, toda Cataluña está en candelero y en el ojo del huracán por culpa de esas minorías separatistas encabezadas por el hijo de un sargento del cuerpo de Carabineros de la Guardia Civil, que escupe veneno con sus palabras, como es el apócrifo Carod Rovira, quien se ha empeñado en matar todo lo que tenga vinculación con España. Para ello ha sido capaz -junto a sus secuaces- de manipular a la opinión pública con la fuerza de sus medios afines y decir todas las mentiras que sean necesarias. Actualmente, la diana de su odio lo sufre la Fiesta de los toros, la Tauromaquia, por la que lucha a brazo torcido para que desaparezca de esa tierra olvidándose del legado cultural que dejó al pueblo catalán y el que también supo aportar para engrandecer al toreo con personalidades de la talla de Dali, Miró, Balañá, Mario Cabré, Barceló (mallorquín, aunque de alma catalana).... y tantos otros. Porque como dice el poeta y académico Pere Gimferrer, en su reciente manifiesto, prohibir los toros es cortar la libertad a un pueblo y asesinar su arte y su cultura. Dentro de unas semanas, el Parlamento catalán votará la supresión de la Tauromaquia, medida que se espera con temor, aunque confiando en que la verdad prevalezca, por una vez, después de tantas mentiras. Pero, sobre todo, la esperanza radica en que al tratarse de una votación secreta obren las mentes de esos salvadores de la patria catalana y el sentido común se adueñe de ellos, como también de las huestes del Partido Socialista, quienes han dado libertad de voto a sus diputados, con el hipócrita de Montilla al frente, quien por el que dirán (y para no molestar a su jefe, el antitaurino Rodríguez Zapatero) dejó de asistir a los toros en La Monumental, en la que su rostro fue habitual durante muchos años, en cuanto sus socios de aventura, con Carod Rovira a la cabeza, empezaron a lanzar sus dardos envenenados contra la Tauromaquia.


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